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¡Vamos al Preestreno de Paddington 2 gracias a Sapos y Princesas!

El fin de semana pasado tuvimos la suerte de poder asistir los 4 –papá, mamá y nuestros 2 garbanzos- al preestreno de la Película Paddington 2, de la que muchos habréis oído hablar en estos días, por la intensa promoción que está teniendo en TV y otros medios.

No tengo palabras para agradecer a Sapos y Princesas, y a su newsletter, al que estoy suscrita hace tiempo, la oportunidad hecha realidad que nos ofreció. El proceso fue tan sencillo como inscribirnos en plazo a la invitación y luego seguir los pasos del correo que me confirmaba que podíamos reservar nuestras entradas a partir de una determinada fecha y hora, hasta agotar las plazas. Y ya está. Con la confirmación de la reserva nos presentamos en el Club Aribau y ¡entramos!

Fue una mañana mágica. En un cine como los de antes, con palomitas y la sala repleta de familias con niños. Y luego la película, que es francamente recomendable. Incluso mis hijos, que son aún bastante pequeños, (casi 3 años y 4 y medio), y bastante movidos, la aguantaron bien a pesar de lo larga que es. Y es que entre la música, el osito que es adorable y la historia que es como una fábula de fantasía llevada a la gran pantalla, el tiempo se te pasa volando.

Nosotros no habíamos visto Paddington 1 ni conocíamos la historia de Paddington, que luego me enteré por una amiga americana que tenemos que por lo visto es un osito famoso, protagonista de cuentos infantiles desde hace ya años. La historia está explicada de tal manera que es como una aventura, y no importa si has visto o no la película anterior o si no conoces al personaje.

En definitiva, ¡un planazo estupendo para el fin de semana!

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Y tras cuatro años y medio, empezamos a ver la salida…

No es que de repente todo vaya rodado. Es simplemente que todo es infinitamente más fácil. Excepto el momento de ir a dormir -ese aún no lo hemos superado- todo lo demás es, sencillamente, más fácil. No sé exactamente cuándo ni cómo cambió. No sabría fijar una fecha exacta. Sólo sé que en algún momento entre las vacaciones de verano y el inicio del nuevo curso, dejé de escuchar gritos y llantos por todo. De repente, la gente de nuestro entorno, familiares, amigos, etc., nos decían lo tranquilo y relajado que veían a mi rubio preferido, mi hijo mayor. Y entonces nosotros también empezamos a creérnoslo, a relajarnos y a disfrutar del cambio.

No sé qué día ni en qué momento fue, pero en uno de esos días nos observé como si mirase desde fuera, como si fuera una película, y la escena de repente me pareció la de otra familia. ¡Me han cambiado mi familia, pensé!. Ya no había tensión, ni gritos, ni llantos, ni quejas, ni frustración a todas horas, ni demandas continuas de atención. Y en cambio había espacio para todo lo demás. Espacio para mi hijo pequeño. Espacio para papá. Espacio para las risas. Espacio para amarnos, divertirnos y cuidarnos. Espacio para hablar. Espacio para compartir.

Por primera vez en cuatro años y medio sentí que algo había cambiado y que íbamos a poder salir de aquél túnel tan largo y tan angosto en el que habíamos estado metidos todos sin casi poder respirar.

Y lloré de felicidad como nunca. Y luego lloré de pena por todo lo pasado. Y de rabia por no haberlo podido hacer antes. Y de miedo, porque a pesar de la felicidad esta nueva etapa era desconocida para nosotros, y no sabía si a esas alturas íbamos a ser capaces de reconstruir todo lo que en esos cuatro años y medio se había resquebrajado.

Y ahí estamos, pegando los trozos rotos, como si de un jarrón caído al suelo y roto en mil añicos se tratara. Y parece mentira, pero tampoco es fácil. Ahora, que deberíamos de disfrutar de lo que tenemos, nos encontramos aprendiendo a ser padres, a ser los padres que pensábamos que seríamos cuando nació nuestro primer hijo o los que hubiésemos querido ser y no fuimos, o unos nuevos, no lo sé muy bien, más sabios pero también muy tocados por el dolor. Nos lamemos las heridas y seguimos, esperando que el tiempo nos ayude a cicatrizar y curar todo lo pasado. Prometo contaros cómo nos ha ido… de momento sólo quería lanzar un rayo de esperanza, un poquito de esa luz para todos lo que estéis pasando por esto y aún no veáis el final. Y compartir con todos mis emociones, que a pesar de la felicidad se han visto empañadas por el sufrimiento anterior, y creo que esto también es lícito y sano sentirlo y contarlo tal cual.

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Cuatro días en la Casa Gran d’Altafulla

Encontrar actividades para dos niños pequeños, especialmente cuando éstos son inagotables y la economía no, no es tarea fácil. Así que nosotros siempre andamos a la caza y captura de actividades de fin de semana que sean buenas bonitas y baratas. Y si puede ser en contacto con la naturaleza y con otras familias con niños mejor.

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El abrazo

Por casualidad me enteré de que existía Xanascat, la xarxa d’Albergs de la Generalitat de Catalunya, que incluye un programa de vacaciones en familia (vacances en Familia) y me apunté. Pus mi gran sorpresa fue que conseguimos que nos asignaran el turno y opción que habíamos elegido en primer lugar. Era para el puente de mayo, y en la Casa Gran d’Altafulla. 4 días nada menos a pensión completa y con actividades!.

La experiencia fue maravillosa. Nos dieron una habitación para 4 –con 2 literas y baño privado. Desde el primer día, la cena ya está incluida, así que sólo hay que pensar en deshacer las maletas y organizarse. Las instalaciones de la casa gran no son muy modernas, serán de los años 70 y se nota que están ya algo cascadillas, pero no por ello echamos de menos nada. Junto a la entrada, una gran sala con un rincón de juegos, biblioteca, mesas sillas y ping pong, hacía las veces de sala lúdica y social, donde los niños pasaron largos ratos jugando y tuvimos ocasión de compartir juegos con otras familias y niños de distintas edades. El comedor en la planta baja, funciona tipo self service, y tanto al poner la mesa como al irse, toda la familia colabora. Hay unas escobas y trapos para que al cavar todos recogan su mesa y barran el suelo, y los niños aprenden a colaborar en estas tareas. Lo hacen encantados!

La actividad que organizaron ese puente era una gimcana en la que teníamos que hacer grupos de familias, para fomentar el intercambio entre huéspedes. La gimcana era divertida, y consistía en ir contestando preguntas sobre el pueblo de Altafulla, con su precioso castillo y casco antiguo. Allí conocimos a Eva y Alessia, de las que ya no nos hemos separado J.

La gimcana no era del todo adecuada para las edades de nuestros niños, especialmente de mi hijo pequeño, que tenía dos añitos, ni para los abuelos de Alessia, que no caminan demasiado y que estaban alojados en el albergue, pues ahora se pueden acoger al plan familiar los abuelos junto con los padres, para fomentar aún más los vínculos familiares. ¿No os parece una gran idea? Aún así, la gimcana la hicimos entera y ¡nos lo pasamos en grande!

También fuimos a pasar un día a la playa, donde los niños se remojaron los pies. Esto está muy bien, pues si prevés que vas a pasar el día fuera, el día anterior puedes comunicarlo en información y te preparan un picnic para el día siguiente, de manera que no te pierdes ni una comida de la pensión completa.

En definitiva, una experiencia de lo más aconsejable, económica y divertida para todas las familias! Os animo a probarlo a todos y que me contéis vuestra experiencia. Nosotros vamos a seguir visitando los albergues sin duda. El próximo será en la montaña, el de Son Monnatura Pirineus. Ya os contaré qué tal J

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Si vas a ser mamá/papá te deseo…que tengas un hijo que te haga replantearte todo lo que pensabas sobre la maternidad/paternidad

Hace tiempo que no escribía en este blog. Un proyecto que inicié por segunda vez con el nacimiento de mi segundo hijo y que abandoné por segunda vez al cabo de poco tiempo. Creo que porque no tenía un proyecto claro. Porque en realidad no me atrevía a escribir lo que realmente quería decir. Y me obstinaba en escribir sobre cosas que yo pensaba que podían interesar a los demás, si es que alguien llegaba a leerme algún día. Eso, sumado al cansancio agotador y la enorme sacudida que ha representado en mi vida todo lo relacionado con la maternidad, creo que ha sido la causa de mi incapacidad para alimentar este blog.

Y hoy me presento aquí de nuevo, con una reflexión que me ha provocado una de las páginas de la revista “mama” que recibo puntualmente en mi correo, como “pseudobloguera” de Madresfera que soy (lo siento pero no sé muy bien cómo definirme, con un blog abierto, pero vacío de contenido y de visitas….).

Se trata de la viñeta de “Criando Pulgas” en la que se ve a una mujer diciendo todo lo que hará cuando sea mamá, y a una mamá diciéndole que cuando sea madre, seguramente dejará de pensar en sí misma para pensar en su bebé. Creo que a todas nos ha pasado, lo de hacer exactamente lo contrario de lo que pensábamos antes de ser mamás. De hecho, el resto de artículos de la revista son también inspiradores de esta idea, de cómo cambiamos al ser padres, cómo cambian nuestros prejucios, cómo de repente comprendemos a nuestros padres como nunca antes lo habíamos hecho, como explica en su artículo David Trueba, y cómo se nos remueve algo por dentro, algo que nos empuja a hacerlo mejor, a buscar nuestros valores, nuestros verdaderos valores, para intentar hacer con nuestros hijos algo francamente bueno.

Sin embargo, y de aquí el título de este post, hay hijos que te lo ponen un poco más difícil. Todos sabemos por experiencia propia o por personas cercanas que hay bebés y niños que cumplen prácticamente con todas tus expectativas y otros que te ponen a prueba desde el minuto uno. Me refiero a bebés, en el caso de los primeros, que te hacen creer que eres el mejor padre/madre del mundo, porque duermen sus seis horas del tirón desde el primer mes de nacimiento, casi nunca lloran, se entretienen solos, aprenden rápido a dormir solitos en su cuna, te hacen fácil la lactancia, y a medida que crecen se muestran obedientes, tranquilos, receptivos,etc. Y entonces sus padres orgullosos van por ahí convencidos de que todo ha sido obra de su saber hacer, de que le han sabido transmitir al niño seguridad y serenidad, que han seguido instrucciones de manual, lo han hecho todo correcto y su hijo es sin duda fruto de esa sabiduría ejemplar. Luego están esos bebés y niños que nacen reclamando su derecho a ser el centro de atención. Estos son los segundos, los que te lo ponen todo un poquito –o un muchito- más difícil. Lloran por todo, aunque tengan todas sus necesidades cubiertas, no logran dormirse solos, a veces ni siquiera logran dormir ni dejan dormir a los que están a su alrededor más de 2 horas seguidas, se muestran inquietos y crecen con un espíritu anárquico que pone a prueba la paciencia y los principios de cualquiera. Los padres, desbordados, no están menos informados, implicados o son menos constantes que los primeros, y sin embargo, no logran entender por qué su amado y deseado hijo y todos los recursos “de manual” que han puesto en práctica con él, no funcionan como esperan.

A esos padres los reconocerás porque no son perfectos. Su imperfección consiste en que la maternidad y la paternidad les ha desbordado totalmente. Hubo un tiempo en que lo hicieron todo exactamente igual que esos otros papás cuya paternidad parece un anuncio de desayunos para toda la familia, y no les funcionó. Son padres que se cargan de culpa y creen que se han equivocado en todo. Padres que han descubierto que de manuales hay muchos, los que defienden el colecho y los que te dicen que tu hijo debe dormir solo desde los 5 meses en su habitación y sin rechistar. Los que te dicen que un niño seguro es capaz de separarse de ti cada mañana cuando lo dejas en la guardería sin llorar y los que dicen que no deberías dejar al niño en la guardería, precisamente porque estar con él el máximo tiempo posible hace que los niños crezcan más seguros…. Te hablo de esos padres que pasan apuro en los restaurantes o en la cola del súper porque sus niños no se están quietos ni un segundo. Son esos padres que han llorado muchas veces por haber perdido los papeles con sus hijos, por llevar tres años sin apenas dormir y teniendo que lidiar a diario con rabietas interminables por cosas como que se le haya roto la galleta a su hijo, que no puede soportar la frustración de no haberla sabido mantener entera entre sus manitas.

Yo creo que la maternidad/paternidad nos da a todos una buena sacudida de realidad. Sin embargo conozco muchos casos en los que superado el impacto inicial que supone la entrada de un bebé en casa, hay una reafirmación de todo lo que los nuevos papás creían. A veces a esos bebés se les bautiza como ‘bebés trampa’, que se convierten en ‘niños trampa’, porque hacen que todo parezca excepcionalmente fácil. Sin ánimo de parecer mala, creo que para que exista realmente un cambio de mentalidad, los bebés y los niños, sin llegar al extremo de lo que he relatado más arriba y he vivido en mi propia piel, deberían de poner un poco a prueba a los padres. Llevarles un poquito al límite. Desafiar la teorías de manual para que experimentasen por su cuenta qué les funciona a ellos como padres, como familia, independientemente de lo que diga el Sr. Estivill o el Sr. González.

Creo que si los manuales funcionasen menos, el sentido común y los instintos funcionarían más, y eso ayudaría a afrontar la maternidad con menos prejucios en el sentido literal de la palabra. Es decir, sin juzgar de antemano lo que está bien o mal. Creo que en cuestión de maternidad se necesitan menos guías y menos gurús; y más diversidad.

Una vez conocí a una mamá de tres niños, cuyo primer hijo había sido un bebé y niño ejemplar. El segundo cayó como una bomba y al tercero ya ni siquiera se molestó en etiquetarlo. Ella decía que en el tiempo que tuvieron sólo al primero de sus hijos, ella y su pareja creyeron de verdad que eran los mejores padres del mundo. Todo salía exactamente como se suponía que debía salir. Al llegar el segundo bebé, bajo esta creencia de que sabían perfectamente cómo criar a un hijo, sus planes se vinieron abajo. Nada salió igual que con el primero. Todo fue un desastre. Y ellos eran los mismos padres, con los mismos principios y valores, con la misma técnica de aplicación de los manuales que habían leído. No contaban con el carácter propio con el que nace cada niño. No contaban con que la combinación de sus dos 50% de aportación genética habría dado lugar a un ser tan distinto de su hermano como único, y que por tanto requería volver a la casilla de salida. Cuando la conocí, con 3 hijos, decía esto, y también hablaba desde la convicción de ser una buena madre, no por los resultados logrados con sus hijos, sino porque había comprendido precisamente que los hijos no son objetos que deben cumplir con unas expectativas, como si de un teléfono móvil se tratara, sino seres únicos que ponen a prueba incluso las expectativas que tenemos de nosotros mismos como padres y como personas.

Por eso estos niños que nos ponen a prueba nos hacen crecer. Nos cambian. Nos permiten cuestionárnoslo todo y volver a empezar de cero. Nos hacen comprender que no van a ser nuestra creación perfecta que refleja lo buenos padres que somos. Porque no se puede decir en base al comportamiento de un niño si sus padres han sido buenos o malos. Como no se puede predecir en base al comportamiento de sus padres, cómo será ese niño.

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Implorando un respiro…

Llevo mucho tiempo pensando cómo empezar este post. Pnesando incluso si lo quiero empezar o dejarlo pasar. No tengo muy claro si escribir sobre esto es útil. En algún sitio leí que escribir ayuda, que ponerlo negro sobre blanco en tu blog, aunque no lo vaya a leer nadie, ayuda, Supongo que por eso estoy escribiendo. Necesito un desahogo, necesito un soplo de aire que me permita oxigenarme y seguir.

Son tres años y medio en los que la palabra “maternidad” ha cobrado para mí un significado muy distinto al que jamás imaginé. Tres años y medio explorando límites, los de la paciencia, los del sueño, los del agotamiento, los de la fantasía, los de la imaginación, los de la negociación… Los que tengáis un niño de los que se definen como Alta Demanda ya me estáis comprendiendo. Los que no, disculpadme, pero no creo que lleguéis a entenderlo jamás, afortunadamente para vosotros. Lo sé, porque tengo otro hijo, totalmente distinto, de esos que cualquiera llamaría “de manual” si no fuera porque no duerme  por las noches (mala suerte), y a veces, cuando estoy sola con él me doy cuenta de cómo de distinta es la maternidad cuando todo responde a los criterios “estándar” de la crianza…Ufff, estoy usando demasiadas palabras que no dejan de ser etiquetas y que no me gustan, entre otras cosas porque no tienen ya demasiado sentido para mí. ¿Acaso no es mi hijo mayor un niño “normal”? Pues claro. Entonces ¿es más normal el pequeño que el grande? Son distintos, pero ¿que significa el ser distintos? distintos de qué…?

Disculpadme si estos pensamientos son algo confusos, pero es difícil para mí en estos momentos encontrar las palabras adecuadas. Como decía al empezar el post son ya tres años y medio de constante tensión. Sí tensión mezclada con el amor infinito que siento por él, por el agradecimiento eterno de haberlo tenido, pero también con el miedo de no entender qué necesita, la frustración por no poder ayudarle, la culpa por no saberlo hacer mejor, la rabia por sentirme juzgada, el vacío…el vacío que me deja al final de cada extenuante jornada de demanda continua.

Me gustaría poder escribir otras cosas. Me gustaría poderos decir que su alta demanda tras tres años y medio ha bajado de intensidad, se ha transformado, o que veo la luz. He leído en otros blogs de papás con niños como el mío que a partir de los tres años a muchos les pasa esto. Empiezan el cole “de grandes”, hacen más actividad, ven más satisfecha su curiosidad y cambian…. Para nosotros este cambio aún no se ha producido, siento no poder decir otra cosa. Va al cole, y cuatro días a la semana hace actividad extraescolar. Debería de acabr los días agotados, pues hace ya más de un año (desde los dos y poco aproximademente) que no duerme la siesta. Pero cuando acaba el día, a él aún le quedan fuerzas y a nosotros no…

Así que nuestras laaaargas jornadas pasan lidiando con un niño que no sabe cómo controlar sus emociones, que exige que se satisfagan constante e inmediatamente unas necesidades que superan la capacidad de cualquier adulto, y que por tanto, le generan una frustración constante que se traduce en llantos, gritos y enfados. Desde que empezó el cole no ha habido una sola semana que no nos hagan el comentario de que no sigue al grupo, que le cuesta hacer caso, que no obedece, etc. En casa podemos esperarnos cualquier cosa. Basta cualquier cosa para desencadenar la tormenta. Y tenemos la sensación de estar diciendo todo el día no, cosa que la mayoría de la gente no cree, pues piensan que su comportamiento es simplemente fruto de nuestra incapacidad para educarlo correctamente, de haberlo consentido demasiado o de no haber sabido ponerle límites. Y entonces entramos en un estira y afloja que puede durar horas.

Esta mañana, por poner un ejemplo, no ha habido manera de salir a tiempo de casa. Se ha levantado y hemos tenido que bajar del todo la persiana del salón porque la luz le molestaba hasta el punto de hacerle gritar. Entonces su padre le ha llevado el desayuno, pero a los gritos se ha sumado un llanto terrible porque para él “ese” no era el momento de llevarle el desayuno. Se paraliza la casa. Lo cojo en brazos para calmarlo, porque  es la única manera que hemos encontrado para estos momentos de desesperación – no valen las amenazas, los castigos ni los razonamientos- y ya con él en brazos le he dicho: si tu no dejas de llorar mamá se pondrá a llorar. Y entonces para. No soporta la idea de verme llorar. Es pura empatía. Y me duele usarla en este sentido pero sólo así se calma y puedo empezar a hablar con él. Cuando por fin lo he calmado y sentado en una silla le he vuelto a llevar el desayuno. Entonces ha empezado a tomárselo. Pero no he podido levantarme de su lado. Cada vez que intentaba hacer algo dejaba de comer y volvía a llorar. Se lo he razonado de mil formas. En tres años y medio creedme, lo hemos intentado de todas las maneras posibles. Incluso ha dejado ya de importarme si come o no. El problema no es que no desayune, sino que al moverme entra de nuevo en una espiral de llanto desconsolado que tras una noche sin dormir nos destroza. Además, una vez entra en ese estado hacen falta tres adultos sólo para vestirle, porque claro, hay que ir al cole y al trabajo. ¿Que podríamos hacerlo a la fuerza? Claro, ya os digo entre tres adultos se podría, pero es que en casa somos dos y además no nos olvidemos que hay otro niño de menos de dos años, que también requiere atención y que no tiene por qué vivir esto cada día. Y los dos adultos, además, tenemos que vestirnos, hacer camas, preparar mochilas, y lo más importante, conectar unas neuronas que han entrado en modo automático y ponernos nuestra mejor sonrisa porque  nuestros respectivos trabajos lo requieren. Así que cedo. Sólo quiero que acabe el desayuno, que en realidad sí que le apetece tomarse, vestirle, vestirme y salir de casa. Y eso nos lleva una media hora larga. Algo que si se hubiese levantado de buenas podríamos haber hecho en 1o minutos. Y así estamos, yo sentada junto a él, sin poder hacer nada más que mirarle mientras él sorbe la leche de su vaso y cuando acaba lo visto, siempre entre llantos y quejas, me visto, con él y con el pequeño entre las piernas y nos disponemos a salir. Pero claro, hoy llueve…. Y el camino al cole en estas condiciones se vuelve tortuoso. Camina por favor, con el paraguas recto… “No puedo mamá” Pues ponte la capucha y cerramos el paraguas así vamos más rápido. “No. Me mojo…” Es tarde, mamá tiene que ir a trabajar… “Quiero brazos” Eso es imposible, venga que tu puedes, además ya eres grande, pero por favor camina más rápido y coge el paraguas recto…

No sé cómo, al final hemos llegado al cole. Le he dado un beso, me ha dado un beso y ha entrado. Y yo he llegado tarde al trabajo, como era de prever. En fin…. empieza otra dura jornada de la que sé que no tendré ni tiempo ni forma de reponerme….

Ahora imaginaos esto cada día. Tras noches enteras sin dormir. Tras días agotadores, primero en el trabajo y luego con los peques. Las trifulcas pueden ser por el color del vaso que le ponemos, o por el oren en que hacemos algo. Pueden ser por pura frustración, cuando intenta hacer algo y no lo consigue, porque es efectivamente muy difícil hasta para mi. El otro día por ejemplo, quería acoplarle a un helicóptero de juguete un gancho para convertirlo en un helicóptero de rescate. Con una cuerda atada al gancho y a las ruedas del helicóptero conseguí, entre gritos y llantos y con mucha imaginación hacer algo parecido a lo que él quería. Pero entonces la cuerda se deslizaba. Más gritos y más llantos. Conseguí fijarla con una goma. Pero entonces el gancho no estaba recto y así no podía rescatar. Conseguí con varios nudos fijarlo recto al extremo. Pero entonces no se recogía y chocaba contra el suelo…. Al final razonando y negociando mucho entendió que ése no era un helicóptero de recate, era más chulo, porque lo habíamos convertido nosotros en un helicóptero de rescate, y que aunque no tenía todas las funcionalidades, servía para rescatar y llevar sus coches de un lugar a otro…..

A todo esto hay que intercalar  preguntas de las que a veces ni siquiera conozco la respuesta. Claro, él crece y su demanda se transforma. Y esa demanda ahora es en forma de preguntas que se hace. Preguntas relacionadas con el nacimiento de los niños, de dónde salen, cómo se hacen, cómo los sacan los doctores de la barriga, cómo se meten…sí, por aquí ya hemos pasado. También hemos pasado por lo que hay dentro del cuerpo: el estómago, el esófago, cómo pasa la comida por ese tubo que es como el de la aspiradora hasta la bolsa que es el estómago y luego lo que no necesitamos se convierte en caca… El otro día le dolían los huesos y le dije: eso es porque creces. En otra ocasión. mientras cenaba le comenté, estás comiendo  mucho hoy, te vas a hacer muy alto. Y al cabo de unas horas me preguntó: mamá, cómo comen los huesos para crecer? Cómo entra la comida en los huesos? Claro, su razonamiento fue: si la comida es lo que me hace crecer, y lo que crece son los huesos que me duelen, entonces la comida tiene que ir a parar a los huesos de alguna manera! Me dejó pasmada…. Otro día, hablando de los niños y de las partes del cuerpo (juntando temas), me preguntó, Y a mi, quién me ha hecho así? No entendía, y le pregunté, ¿qué quieres decir?. Y él, señalándose su propio cuerpo me preguntó, quién me ha puesto estos ojos, y esta nariz, y esta boca…. Él sabe, que le hemos hecho papá y mamá, y por supuesto le contesté: papá y mamá te hemos hecho, ya lo sabes. Y él desesperado me preguntó, sí pero cómo…. y gesticulaba como quien está construyendo un muñeco y coloca literalmente los ojos en la cara, la nariz, la boca…Cómo le explico que eso se va creando poco a poco, que son células todas iguales que acaban convirtiéndose en los ojos, las manos, etc, mientras el feto va creciendo en la barriga de mamá… por suerte en ese momento, se durmió…pero no tardará en volver a preguntar, Y yo ya empiezo a cuestionarme qué será lo próximo. El big bang?, qué hay después de la muerte? Dios existe?….

Bueno, de esta última parte me quedo con lo bueno. Es un niño sano y muy curioso. Exigente, que nos exige también a nosotros a ser más imaginativos, más creativos y a estar más preparados. Esos momentos, que requieren igualmente de altas dosis de paciencia son lo mejores, en los que veo lo que podría llegar a ser nuestra vida ne el futuro. Pero también me recuerdan lo importante que es darle autoestima y seguridad. Y respuestas. Y límites. Lo importante que es que entienda que hay cosas que no puede hacer, Y que hay veces que tiene que pedir ayuda. Y también que no siempre se puede conseguir lo que uno quiere. Pero que no por ello debe dejar de soñar y probar. Es ene esos momentos que me lo acerco y le digo tu sabes que te quiero? Y se le dibuja una sonrisa y me hace un gesto afirmativo con la cabeza, como avergonzado pero contento. Y me gustaría congelar ese instante para siempre. Y que cuando todo se vuelve negro con sólo decirle que le quiero escampase la tormenta y cesaran los gritos, los llantos, ese dolor que tiene dentro y no sabe cómo explicar, que nos lo pusiera un poco más fácil y permitiese al mundo conocerle como le conocemos en casa, con todas las cosas maravillosas que tiene pero que se empeña en ocultar tras una fachada de niño que , lo entiendo, a ojos de los demás, puede parecer caprichoso, desafiantes, desagradable y malcriado, cuando NO LO ES. Porque a mi también me gustaría mostrarle más veces a él y al mundo la mamá cariñosa y comprometida, responsable y paciente que pretendo ser pero que queda sustituida por otra totalmente desbordada, desquiciada y superada, transformándome en alguien que NO QUIERO SER. Y a tí, sólo a tí, te pido disculpas, mi niño…. Sólo te pido un respiro…y te prometo que buscaré la energía de donde sea para hacerlo mejor.

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Cómo convertir un balcón en su espacio abierto de juegos

Mis hijos crecen y cada vez necesitan más espacio. Y como de momento no he descubierto los superpoderes para agrandar la casa, se me ocurrió que podía convertir nuestro pequeño triste y abandonado balcón en un espacio estupendo para esos días demasiado calurosos en verano o lluviosos de otoño y primavera en que los espacios cerrados se nos hacían claustrofóbicos.

Así que me puse manos a la obra. Lo primero fue colocar una celosía tupida alrededor de toda la barandilla. Ésta, además de decorativa cumple la misión de evitar que a los pequeños ‘lenguas de trapo’  se les ocurriera la peregrina idea de lanzar sus juguetes al vacío “a ver qué pasa”.

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A continuación pusimos, como dice mi hijo mayor, hierba en el suelo. Esto lo logramos comprando en el mismo Leroy Merlín donde compramos la celosía un rollo de césped artificial al corte, es decir, para los metros que mide mi balcón y ajustándolo luego a los recovecos y forma del suelo del mismo. Ni siquiera está fijado con ningún producto ya que procuré que la celosía descansara encima para evitar que se levantase por la parte más externa y listo. La idea es poderlo quitar cuando nos cansemos o cuando esté muy sucio, aunque yo le paso hasta el aspirador como si fuera una alfombra así que realmente no se estropea demasiado.

20161102_153452Por último y esto es lo que considero mi mejor idea para este espacio, les acoplé contra la pared medianera un tablero de contrachapado cortado a medida y pintado con pintura de pizarra. De esta forma tienen la “pared para pintar” que todo niño desea tener y que como es obvio no puede ser la del pasillo o las habitaciones de casa.

Además de salir a dibujar en la pizarra a mis hijos les encanta salir al nuevamente rebautizado “jardín” a tocar sus instrumentos , cantar y bailar sobre la hierba, a hacer pompas de jabón porque ‘mira cómo se escapan volando por encima de la barandilla o cómo se explotan al tocar la hierba’, a jugar con los trenes, los coches y las construcciones y a hacer toda clase de manualidades, como la arena blanca que hicimos con harina y aceite corporal otro caluroso día de este pasado verano. Pero esto último lo dejo para otro post y así os sigo dando ideas.

Por cierto mis monstruitos tienen ahora algo más de año y medio y tres años, para que os hagáis una idea de las edades en las que puede funcionar este tipo de experiencias, aunque creo que a todos los niños les encanta tener un espacio más de desahogo en casa y aún más participar en su transformación junto con los mayores. A nosotros el mayor nos ayudó a poner la hierba y ahora va por ahí súperogulloso a explicarle a todo el mundo que él puso el césped en el jardín!

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Las 3 cosas que nos enseñan los niños…

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Hoy estreno esta sección de frases “famosas” sobre niños y de niños para los “mayores”. Si hay una cosa realmente bonita de tener hijos es todo lo que aprendemos con ellos. Al ver el mundo a través de sus ojos, intentar contestar a sus preguntas y escuchar su lógica aplastante sobre temas que hace tiempo dejaron de sorprendernos, nos damos cuenta de que mucho de lo que pensábamos que sabíamos son en realidad pensamientos e ideas que otros nos metieron en la cabeza en algún momento. Y entonces se vuelve a poner en marcha algún mecanismo dentro de nosotros que nos hace pensar, sentir ver y escuchar de forma distinta lo que nos rodea. Nos volvemos de nuevo inconformistas, os hacen gracia ciertas reacciones de otros adultos, nos damos permiso para llorar o reír cuando nos sentimos tristes o alegres, aunque no sea el momento y lugar adecuados….. en definitiva, volvemos a ser un poco niños 🙂

Por eso la sección se estrena con esta bonita frase de Paulo Coelho que no puede ser más cierta. Los niños nos enseñan a ser niños, a no abandonar al niño que llevamos dentro una vez, a recuperarlo si aún no lo hemos perdido de todo en el camino hacia la absurda sensatez del adulto. Porque…quien dijo que ser “sensatos” según las normas de alguien que perdió a su niño interior es sensato?

Estoy segura de que los que tenéis hijos ya sabéis de lo que os hablo, y a los que no los tenéis, espero que encontréis en vuestro entorno la manera de entrar en contacto con uno de ellos y pasar un buen rato!